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El árbol de la seda, también conocido como mimosa de Constantinopla, es un árbol de aire mediterráneo originario del este y sur de Asia que pertenece a la familia de las fábaceas, al igual que la acacia. Posee un porte extendido, mide aproximadamente entre 3 y 4 metros de altura y tiene un crecimiento medio.
Las semillas del árbol de la seda provienen de la Albizia julibrissin; son lisas, ovales, aplanadas, de color marrón claro y miden 8 milímetros de longitud.
Sus flores son magníficas y reciben su nombre porque parecen pompones rosas y blancos finamente deshilachados.
Sus frutos son vainas alargadas y planas, de textura lisa y brillante, que miden entre 15 y 30 cm de largo. Son de color marrón oscuro a negro y contienen numerosas semillas.
Sus hojas están compuestas por numerosos folíolos verdes pequeños, con forma de pluma y dispuestos de manera alterna a lo largo del tallo.
El Albizia es apreciado principalmente por sus cualidades ornamentales en jardines y parques de zonas templadas y subtropicales. Sus flores plumosas y fragantes de tonos rosados, junto con su follaje ligero que se cierra por la noche, lo convierten en una opción elegante para crear zonas de sombra natural. Su rápido crecimiento y su silueta extendida son muy buscados en el diseño de paisajes.
En la medicina tradicional, especialmente en Asia, la corteza y las flores de la Albizia julibrissin se utilizan por sus propiedades calmantes y sedantes. Se le atribuye la capacidad de aliviar la ansiedad, el estrés y el insomnio, lo que a veces le vale el apodo de "árbol de la felicidad". Sin embargo, estos usos requieren mucha precaución y el asesoramiento de un profesional de la salud, ya que algunas partes del árbol pueden ser tóxicas o causar interacciones medicamentosas.
A nivel ecológico y agroforestal, la Albizia desempeña un papel importante gracias a su capacidad para fijar nitrógeno en el suelo a través de sus raíces. Se utiliza con frecuencia para restaurar suelos pobres o para proporcionar forraje de calidad al ganado en ciertas regiones tropicales. Su madera, ligera pero resistente, también se emplea localmente para fabricar muebles pequeños, leña o herramientas artesanales.
No consumir sin el asesoramiento médico de un profesional de la salud.
La acacia de Constantinopla necesita una tierra rica en minerales; un sustrato generoso en materia orgánica le va perfectamente. Para el cultivo en maceta, drene bien el fondo con grava o piedras pequeñas.
Este árbol de gran belleza debe estar expuesto a pleno sol para poder florecer bien. Para luz artificial, se prefieren neones, HPS o lámparas de tipo MH.
Necesita agua durante el verano cuando la tierra está demasiado seca. Nunca riegue en exceso la planta si se cultiva en maceta.
Crece muy bien entre 15 y 25 °C. La planta es relativamente rústica y resiste temperaturas de hasta -18 °C. No obstante, proteja el ejemplar durante los primeros 2 o 3 años mientras sea joven.
Es posible reproducirla mediante semillas o por esquejes de tallo semileñosos (de unos 12 cm de largo) durante el verano.
Sus principales plagas son los cicádidos (saltahojas) y las orugas, además de enfermedades fúngicas como la roya o el oídio.
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