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La sensitiva arborescente, conocida científicamente como Mimosa quadrivalvis, es un arbusto de la familia de las Fabáceas que mide entre 1 y 2 metros de altura. Es una variedad anual o vivaz efímera. La planta es originaria de América del Norte, América Central y el Caribe. Crece tanto en lindes de bosques como en praderas húmedas.
Los tallos constituyen el elemento más notable de esta planta. Presentan una sección claramente cuadrangular (cuadrada), con cuatro ángulos salientes bien marcados. Son leñosos en la base y portan pequeñas espinas recurvadas a lo largo de las aristas.
Su follaje está compuesto por hojas alternas, bipinnadas y muy finamente divididas. Cada hoja, de unos 10 cm de longitud, se divide en varios pares de pinnas, compuestas a su vez por numerosos folíolos pequeños, oblongos y apretados. Al igual que muchas mimosas, los folíolos presentan sensibilidad táctil o nictinástica, plegándose ligeramente sobre sí mismos en caso de contacto o ante la oscuridad.
Las flores se agrupan en pequeñas inflorescencias que forman pompones de color blanco crema o rosa muy pálido. Estas cabezuelas esféricas nacen de finos pedúnculos en las axilas de las hojas. El fruto es una vaina plana y alargada cuya particularidad reside en su estructura bordeada de cerdas o pequeños aguijones en los márgenes.
Las semillas de sensitiva arborescente son ovales y marrones, con una cubierta dura y brillante de color café o negruzco. Su gran dureza les permite conservar un poder germinativo prolongado en el suelo.
Una maravilla de la tigmonastia
La Mimosa quadrivalvis es una especie fascinante con tallos espinosos y un follaje capaz de movimientos de tigmonastia, plegándose delicadamente al tacto.
Originaria de regiones salvajes, esta planta de colección ofrece una experiencia botánica inmersiva, ilustrando los mecanismos de defensa vegetal más sofisticados del mundo natural.
Un espectáculo floral al servicio de la biodiversidad
Su floración en pompones de color rosa intenso a púrpura constituye un espectáculo visual vibrante que atrae irresistiblemente a abejas y mariposas durante toda la temporada.
Además de su atractivo ornamental, este espécimen ayuda a enriquecer el suelo gracias a su capacidad natural para fijar el nitrógeno, reforzando así la vitalidad de su jardín.
Un cultivo con carácter para jardines soleados
Ideal para rocallas cálidas o jardines naturalistas, esta mimosa requiere una exposición luminosa y un suelo perfectamente drenado para expresar todo su vigor.
Cultivada exclusivamente para el placer de la observación y la preservación de la biodiversidad, esta planta debe manipularse con suavidad para preservar su integridad foliar.
Prefiere suelos ligeros, bien drenados y preferiblemente arenosos o pedregosos. Se adapta a suelos pobres pero agradece la materia orgánica descompuesta. En maceta, una mezcla de 80% de mantillo de hojas y 20% de arena de río es ideal.
Exige una exposición a pleno sol para que sus tallos se vuelvan rígidos y la floración sea abundante. Una luminosidad insuficiente provoca un estiramiento excesivo de los tallos y debilita las aristas cuadrangulares.
Es una planta tropical y subtropical que, por lo general, no soporta las heladas continuadas. Su rusticidad es limitada; la planta muestra signos de estrés en cuanto las temperaturas bajan de los 10°C. Debe invernarse en un invernadero cálido o en un interior luminoso en zonas templadas.
El riego debe ser regular durante el periodo de crecimiento, asegurándose de que el sustrato se seque ligeramente en la superficie entre aplicaciones. Aunque puede tolerar breves periodos de sequía una vez establecida, la falta de agua prolongada provoca el amarilleamiento y la caída de los folíolos. En invierno, los riegos deben reducirse drásticamente.
El método más común es la siembra en primavera. El esquejado de tallos semi-leñosos es posible en verano, bajo campana o en atmósfera húmeda, aunque la tasa de éxito es más variable.
Puede sufrir ataques de pulgones en los brotes tiernos y de cochinillas algodonosas en las axilas de las hojas o los tallos angulosos. El exceso de humedad, especialmente en reposo, puede favorecer los hongos radiculares.
Este artículo fue redactado por Julien el 16/07/2026.
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